Propuesta Educativa 27
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Educación y gobernabilidad

Introducción

 


 

Que la escuela es una pieza clave en el entramado de instituciones encargadas de sostener y regular el orden es ya cosa sabida y, por lo tanto, no hay ninguna originalidad en la articulación entre Educación y gobernabilidad, el tema del dossier de este número de “Propuesta Educativa”. Sin embargo, hay una nueva construcción de sentido alrededor de este eje que motivó nuestro interés por abrirlo a la reflexión de académicos y especialistas que trabajan temas afines.

¿Qué hay de nuevo en esta asociación? ¿Acaso no se ha repetido hasta el hartazgo que la escuela se caracteriza por su función disciplinadora? ¿No es ya un lugar común en monografías, tesis y papers la consabida mención de la escuela como dispositivo de gobierno? De esta continuidad trata el artículo de Violeta Núñez. Si el lector me permite una digresión, diré que a pesar de esta reiteración no hemos avanzado mucho en dilucidar la evidente distancia existente entre la extensión del dispositivo de disciplinamiento que es la escuela y las dificultades para construir un orden basado en el autocontrol. A la luz de nuestra historia política y de la recurrencia a la violencia y la coerción, la pregunta vernácula debería estar centrada en la ineficacia de la escuela para cumplir su propósito más que en el señalamiento de su vocación disciplinadora.

Volviendo a nuestro tema y a nuestro renovado interés por indagar en esta obvia relación trataremos de argumentar para justificarnos. El invento moderno de la escuela catalizó, anudó y dio viabilidad institucional a muy diversas expectativas, necesidades y promesas; ella encarnó como ninguna otra institución la ilusión emancipadora e igualitaria de la Modernidad y a la vez se constituyó en una máquina implacable de legitimación de la selección por el mérito. Recreó la fantasía de complementar funcionalmente ilustración y virtuosidad cívica, y viabilizó la difusión de una ética del sacrificio y del deber mucho más asociada a las exigencias de un mercado del trabajo que a la formación de la ciudadanía. Emancipó, sometió, tensionó a favor de algunos valores, abrió puertas y posibilidades y fue instrumento de las propuestas más autoritarias. Esta amalgama de propósitos, posibilidades, mentiras y efectividades arrojó un resultado que no puede reducirse al mero señalamiento de su función disciplinadora. La escuela ha sido y es un espacio donde se procesan las tensiones y contradicciones que dinamizan las diferentes coyunturas históricas y sociales. Tratar de dilucidar cuáles son las tensiones que hoy convergen en la escuela —y que ella procesa en clave de sus tradiciones, historia y especificidad pedagógica— es la tarea siempre inconclusa de académicos, intelectuales, docentes y especialistas.

¿Qué es lo que hoy converge en la escuela y nos exige repensar su función en relación con la gobernabilidad? A nuestro entender hay nuevos elementos que construyen un panorama diferente que recoloca a la escuela en relación con ese conjunto de ilusiones y mandatos que señalamos anteriormente.

En primer lugar, una reflexión casi elemental: esa promesa de progreso de la humanidad a través de la ilustración ya no está presente y ha sido discutida al calor de la permanencia del espíritu depredador y destructor del hombre, tal como señala Antelo en el artículo que integra este dossier: “Cualquier observador atento advierte rápidamente que desciende de depredadores insaciables, provistos de una crueldad versátil, portadores de dosis considerables de violencia, odio y hostilidad, ingredientes primarios de ese llamativo mensaje que insistimos en llamar condición humana”.

La expectativa sobre los beneficios de una humanidad ilustrada y las bonanzas que esto derramaría sobre la convivencia de nuestras sociedades fue una poderosa base justificadora y legitimadora de la escuela. La actual interpelación para que retome ese papel se parece más a un reproche por la muerte de la ilusión emancipadora que a la demanda por materializar una creencia compartida. El mandato de contención que hoy se hace a la escuela (ver el artículo de Isla y Noel en este dossier) está desprovisto de esas expectativas. Se trata de una exigencia de control despojada de cualquier otro propósito que no sea el de encerrar, controlar, sacar fuera de circulación y, en el mejor de los casos, proteger y consolar a un grupo que aparece con un destino incierto. La modernidad sin ilusión emancipadora transforma a sus instituciones en meros dispositivos de poder.

Por otra parte, la relación escuela-mercado ha sufrido un cambio que también impacta no sólo en la posibilidad de las nuevas generaciones de insertarse laboralmente, sino también en la legitimación de la escuela como portadora de las credenciales que abrían la puerta a la incorporación exitosa a un mercado laboral que premiaba a los educados con ingresos y distinción social. El estrechamiento del mercado laboral contrasta con la ampliación de las matrículas escolares. Tenemos más educados para un mercado que requiere recursos muy diversos para abrir sus puertas entre los que, sin duda, ser educado juega un papel sólo si se combina con otros recursos que provienen del mundo social y familiar.

El estrechamiento del mercado laboral está en la base del reclamo por más educación que se esconde detrás del loable propósito de mayor educación para todos. Los jóvenes de hoy ya no tienen la opción de estudiar o trabajar. Es estudiar o la nada y esa nada genera un miedo social que se expresa en la demanda permanente por la seguridad. Esta exigencia por seguridad que acorrala a nuestros gobiernos encuentra en la educación una posibilidad, un atajo de salida que tiene la ventaja de poder ser justificada en las antiguas ilusiones cultivadas alrededor de la eficacia de la escuela para efectivizar una moral pública que permita la convivencia. Duschatzky en su artículo da cuenta de un territorio social donde la población está expuesta a una situación de intemperie, de vacancia social, que es sostenida por una densidad comunitaria que se construye con el aporte de un acercamiento cuerpo a cuerpo, que acerca sin las restricciones de la moral escolar. El texto de Spósito, que describe los planes dirigidos a grupos sociales conformados por jóvenes que desarrolla el Estado en Brasil, da cuenta de la insuficiencia de estos intentos a la luz de la densidad de los lazos requeridos para paliar la intemperie de la que habla Duschatzky.

Es por esto, y por la permanente apelación pública a las bondades correctivas de la educación, que la relación Educación y gobernabilidad se nos aparece hoy como una cuestión a ser atendida con el aporte de aquellos que tienen la habilidad de avanzar sobre las construcciones del sentido común, iluminar otras problemáticas, ofrecernos perspectivas nuevas que nos desanclen de los empobrecedores dilemas en que nos coloca una sociedad atemorizada por el mundo que ha construido.

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  Año 27 / NOV / 2018.02
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