Propuesta Educativa 32
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Retomando el futuro para la escuela media 

Desde los inicios de la democracia en la Argentina en el año 1984 se han realizado esfuerzos  para modificar la escuela media. La centralidad que este nivel del sistema ha tenido para las distintas gestiones educativas deviene de una situación nacional privilegiada. Por una parte, la escuela primaria ya estaba universalizada desde los años 80 y, por la otra, hemos cultivado como sociedad una autorepresentación asociada a la condición educada de nuestra población que nos impulsaba a seguir adelante en la democratización y mejoramiento de la secundaria. 

Sin embargo, esta condición de excepcionalidad se constituyó en una dificultad para avanzar. Una lectura épica de nuestro pasado educativo se interpone a los intentos de cambio que no tengan como referente la recreación de ese momento de grandeza en el que la excelencia de nuestra educación nos permitía recortarnos y distinguirnos de nuestro contexto latinoamericano (del que recién empezamos a sentirnos parte después del año 2001). 

Desde esta posición nos pensamos todos egresados del Colegio Nacional de Buenos Aires o de las escuelas nacionales de la primera mitad del siglo XX. En ese recuerdo se borra toda referencia a los escasos niveles de matriculación de la escuela secundaria de la primera mitad del siglo XX  y se elude considerar la actual irrelevancia de su propuesta cultural. Se piensa que escuelas secundarias eran las de antes y que a ese pasado debemos retornar. La recuperación de la denominación de escuela secundaria que sucedió al polimodal de los años 90 se inspira en ese nostálgico sentido común. ¿Cómo deberá nombrarse la nostalgia por un pasado que sólo benefició a unos pocos? 

Nos atrevemos a decir que esta nostalgia se alimenta de la dificultad para hacernos cargo de nuestra realidad que —como no puede ser de otra manera— es compleja, siempre difícil e impone límites concretos para la acción que contrastan con las ilimitadas posibilidades que ofrece la entonación del pasado. 

La experiencia que resulta de vivir nuestras modestas vidas nos ha enseñado que la construcción del futuro exige acumular acciones sucesivas en un determinado sentido con la permanente consideración de las condiciones en que se desarrollan esas acciones. 

Sin embargo, no hemos incorporado esa sencilla pero contundente lección de vida individual en la construcción de lo colectivo. Es así como a la dificultad de hacernos cargo de la realidad y a su sustitución por la imaginación de un pasado glorioso se nos suma una tendencia, largamente señalada, a actuar refundando aquello que pretendemos cambiar. Como no podemos hacernos cargo de las condiciones concretas y los límites que ellas generan en nuestras pretensiones de cambio, preferimos borrar todo lo anterior y comenzar de cero. 

Desde esta conformación idiosincrática es que la transición democrática pensó retomar un mítico Estado de bienestar que nos habían arrebatado los militares abriendo las puertas del sistema sin preveer los límites que imponen los recursos y las instituciones.  

A posteriori, la reforma educativa de los 90 (única centrada en una construcción de futuro des-contextuado ilusorio y regresivo, pero futuro al fin) desconoció todo lo actuado durante el período alfonsinista. En esa etapa, muchas provincias cambiaron su curriculum, algunas introdujeron cambios en la organización de las instituciones y hasta avanzaron en modificar su legislación. Sin embargo, nada de esto fue considerado cuando llego el viento arrasador de la reforma que nos permitiría subirnos a la ola de la globalización como un país moderno y competitivo. 

Luego vino la debacle y todo se negó. Nos resistimos a pensarnos como constructores de ese pasado inmediato y posamos nuestra mirada mucho más atrás. Retomamos los años 70, nos sentimos continuadores de una épica militante a la que se recreó exenta de toda mácula y rasgo violento, y plasmamos una legislación educativa que se referencia en la idealización de un Estado protector.

Al mismo tiempo, sin que esto nos hiciera ningún ruido, rescatamos las glorias de la educación media de la primera mitad del siglo XX y azuzamos la nostalgia popular evocando una escuela de excelencia poblada de sabios docentes, de maravillosos jóvenes plenos de ideales, rebeldes en la consecución de su ideal y al mismo tiempo siempre respetuosos de la autoridad moral e intelectual de sus mayores. 

Por fortuna, no todo es así: en este tiempo, las escuelas y algunas jurisdicciones avanzaron en concretar experiencias educativas destinadas a transformar las escuelas medias en espacios capaces de acoger la cultura contemporánea y a los jóvenes que hasta ahora estuvieron fuera de ella. 

Del mismo modo, hay equipos de investigadores y expertos no cooptados por la mirada nostálgica que han acumulado un saber y una reflexión con los que abonar los futuros cambios. Entre estos equipos hay consenso sobre la necesidad de abandonar las reformas estructurales en favor de transformaciones en la institución. Sabemos que hay que avanzar en modificar los saberes y la organización de una escuela que fue pensada con propósitos selectivos y con un soporte cultural de altri tempi. Cuestionar lo que hasta ahora fue pensado como inamovible, flexibilizar las trayectorias, repensar los contenidos, recrear otros vínculos entre docentes y alumnos y, por sobre todo, asumir la responsabilidad cotidiana de llevar adelante cambios modestos pero concretos es el camino que queda por andar y que tendremos que emprender sin ampulosidades pero con la convicción de que el futuro de nuestra escuela media está por venir. 

 

 

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  Año 27 / JUN / 2018.01
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