Propuesta Educativa 49
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Una reflexión sobre nuestra academia 
 
Quienes trabajamos en el campo de la producción académica atravesamos una situación compleja. La observación de los fenómenos del campo de la cultura, de la tecnología, de los hábitos sociales, nos deja en muchas ocasiones perplejos. La sensación es que el mundo se está regenerando y que los instrumentos de análisis que hemos adquirido a lo largo de toda la formación no nos permiten conceptualizar lo que se observa. Eso puede producir sentimientos encontrados: o bien rechazo y refugio en el instrumental teórico que nos ha acompañado durante años; o bien, lo diferente produce mucha curiosidad y ansiedad y despierta el interés de ver y leer todo lo que proviene de ese campo en ebullición para tratar de seguir entendiendo en qué mundo se va viviendo y cómo se puede interactuar con él. Se produce permanentemente un tironeo entre cercarse dentro del mundo conocido o abandonar el confort y aventurarse a navegar en el mar desconocido. 
 
En el momento en que uno cree que empieza a estar de vuelta, resulta que hay un mundo que nos hace ver que todo está por comenzar y se debe elegir entre quedarse fuera o tratar por lo menos de enterarse. Cuando se asume esta última posición, se pasa inevitablemente por varios estadios. El primero es el del deslumbramiento por lo nuevo, la avidez de apresarlo y redimensionar todo lo pensado desde nuevas perspectivas. Luego comenzamos a darnos cuenta de los pros y contras de “la novedad”, rescatamos de la memoria algunas categorías que podemos seguir utilizando y repensamos aquello que se nos presenta como una realidad que contiene estrellas luminosas y huecos oscuros. Adquirimos, con el ejercicio de incursionar en otros autores y realidades redefinidas desde otras perspectivas, cierta capacidad de ubicación. 
 
No se trata de una realidad más luminosa o más oscura, se trata de un paisaje diferente sobre el que debemos actuar. Cada uno desde su lugar. Para los que lo hacemos desde la academia, a mi modesto entender, lo importante es retomar nuestro compromiso de investigar, analizar, tratar de conceptualizar, poner en duda todo lo que hasta ahora pensábamos, ensayar otras conceptualizaciones, aprender de los que ya han avanzado en la lectura y de los nuevos y los viejos filósofos, desconfiar de lo que vemos e intentar hacerlo inteligible para todos. Desde esta perspectiva hay que deshacerse del lastre del saber naturalizado -que es solo prejuicio si no puede someterse a la prueba de los hechos- y animarnos a navegar en un mundo donde todo está cambiando. 
 
Sin embargo, cabe que nos preguntemos, si como parte de la mutación a la que estamos asistiendo, hoy ser académico es muy diferente de lo que planteamos en el párrafo anterior. Si la configuración moderna de nuestro mundo es lo que está en juego, bien podemos pensar que el espacio de la academia que organizó la modernidad también está en proceso de transformación. Esta es una pregunta que surge de la observación y el diálogo con nuevos y viejos colegas que parecieran haber abandonado el mandato de aportar a la construcción de un saber fundado científicamente y a la obligación de acompañar con ese saber la construcción del futuro de las sociedades. Pareciera que los criterios con los que se está reestructurando nuestro mundo académico no son los mismos que lo instituyeron como tal en la construcción de la sociedad moderna. 
 
Lo que se observa es una academia que en el campo de la educación (no me arriesgo a pronunciarme sobre ninguna otra, aunque conozco continuidades) ha ido construyendo una comunidad sólidamente amalgamada por una perspectiva que es única y propia, que utiliza para filtrar toda información, discurso o saber, de modo que lo que se percibe termina siempre confirmando lo que ya se pensaba, se sabía o se creía. Es así como se contrarresta toda intromisión de la diversidad, o se neutraliza toda postulación diferente. No hay novedades, todo es visto como epifenómenos de un mismo fenómeno. Se conoce y se sabe antes de conocer y saber. Nadie ve más allá de lo que ya vio. El ambiente que allí se cultiva pareciera recrear un confortable espacio de creencias imbatibles que protege de toda incertidumbre y evita las molestias de enfrentarse a la contradicción. Como en el caso de Espinosa, pertenecer exige no traspasar los límites del dogma. 
 
Lo más contradictorio de la transformación dogmática de las convicciones académicas es su fobia a toda alusión al futuro. El futuro es, para esta comunidad, una amenaza que no están dispuestos a permitir que se despliegue. Cualquier apelación a interrogarse sobre lo que vendrá se lee como una peligrosa intimidación. Y en esto no les falta razón, esta comunidad académica es incapaz de navegar exitosamente en un mundo en permanente cambio. ¿Es que creen que pueden detenerlo? ¿Negarlo? ¿O están dispuestos a cerrar los ojos y dejar que otros tomen el timón?  
 
Otra manifestación de la mutación académica en el caso de la educación es su pérdida de referencia al sistema y su creciente ensimismamiento. En los últimos tiempos, el tema de la formación docente está muy presente en la agenda pública, ya sea en paneles o en publicaciones. En ambos casos el tema no se aborda desde la problemática de los aprendizajes de los alumnos. La agenda de la formación docente no incluye ni la pregunta sobre qué deben aprender los alumnos, ni cómo deben aprender, ni tampoco qué y cómo enseñar a los que enseñarán en el futuro. El aula y sus avatares parecieran no ser una referencia para los estudiosos de la formación de los docentes. 
 
Retomando la reflexión inicial resulta difícil encontrar la luz en esta transformación, se me antoja que es puro oscurantismo, que es solo sombra. Pero sin duda es un fenómeno que debe ser materia de reflexión y análisis. ¿Qué aporta esta academia a la comprensión, análisis y transformación del mundo en el que estamos viviendo? ¿Es la academia un nuevo espacio de recreación del dogma? ¿La mutación es tan profunda como para haber desplazado el valor del conocimiento científico? 
 
Sabemos que no es un fenómeno universal, que no todas las academias están atravesadas por esta metamorfosis. ¿A dónde nos lleva como sociedad una academia que ha abandonado la incertidumbre que produce afrontar lo diferente, lo contradictorio y que se instala cómodamente en el espacio de la preservación de las creencias? 
 

 

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  Año 27 / JUN / 2018.01
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