ISSN 1995 - 7785 | Año 29 | Noviembre 2020 | Vol. 2

Relato. Diarios de Cuarentena

Silvia Blaustein
Rectora del Liceo N° 9 D.E. 10 “Santiago Derqui”

Cuando en febrero del 2020 volvimos de las vacaciones no podíamos imaginar lo que en los siguientes días íbamos a tener que enfrentar. Todos hablábamos del virus que le estaba trayendo problemas a China y después a Europa, pero siempre con la idea de que todo estaba lejos y no nos iba a pasar nada.
Al comenzar la primera semana de clases ya era claro que se cerraban las escuelas, aunque nosotros suponíamos que por no más de un mes. El liceo contaba con un campus virtual, y en ese momento nos pusimos a trabajar para “espejar” la escuela y armar un aula virtual por materia y por división. Cuando hace cinco años implementamos el campus lo hicimos utilizando como plataforma Moodle. Los objetivos eran varios. Por un lado, incentivar las habilidades relacionadas con el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, tanto en nuestros estudiantes como en los docentes. Además, no queríamos quedarnos ahí, sino promover el uso de las distintas herramientas tecnológicas para un aprendizaje aumentado. La idea era que estudiantes y docentes compartieran competencias en los tres niveles del uso de las tecnologías, incorporando las Tecnologías del Aprendizaje y el Conocimiento y las Tecnologías del Empoderamiento y la Participación1.
Habitualmente se plantea que los chicos son nativos digitales y en consecuencia, y solo por eso, tienen un uso hábil de las herramientas informáticas. Sin embargo, lo que solemos ver en las escuelas es que la mayoría utiliza con comodidad aquellas aplicaciones relacionadas con el uso de las redes sociales, aunque en general lo hacen de manera superficial y, por otra parte, desconocen el uso de plataformas elementales como Google Drive, herramientas de ofimática en general o, incluso, el correo electrónico. El trabajo en las aulas virtuales nos permitiría entonces, desplegar estrategias diferentes a las que se utilizan en la presencialidad, y facilitaría el desarrollo de aprendizajes y habilidades fundamentales para los ciudadanos del siglo XXI. La elección de Moodle por otra parte, obedecía a dos razones: es una plataforma de software libre, por lo tanto gratuita para la escuela que, además, es utilizada por muchas universidades para sus cursos de capacitación a distancia, lo que les permitiría a nuestros egresados no tener un primer contacto con este tipo de plataformas en, por ejemplo, el CBC. El campus se desarrolló pero, a pesar de la insistencia en la importancia de su uso como complemento del trabajo presencial, muy pocos docentes lo utilizaron el primer año. Para el año 2019, un poco menos de la mitad de los profesores lo usaba regularmente y muchos otros utilizaban las aulas, al menos, para subir materiales de trabajo, de tal manera que estuvieran disponibles para los estudiantes en formato digital. En consecuencia, todos los chicos usaban el campus en al menos una asignatura, por lo que estaban familiarizados con su uso.
En esta instancia, llegó la suspensión de las clases presenciales y espejamos la escuela. El día lunes, solo asistimos los docentes y se trabajó bajo la consigna de que para el miércoles todas las aulas tenían que tener subida una actividad, de tal manera de no perder lo que suponíamos iban a ser unos quince días de clases. Como el usuario de los y las estudiantes en la plataforma es su número de documento, no tuvimos que perder tiempo en conseguir los correos electrónicos. Por otra parte, todos excepto primer año, sabían cómo utilizar la plataforma y se desplegaron las redes de comunicación de la escuela a través de la página web, el canal de Telegram del liceo, las redes sociales de la Cooperadora y las del Centro de Estudiantes, para que todos se enterasen de que la escuela seguía funcionando y de qué manera.
A partir de ahí, todo es incertidumbre. Incertidumbre con respecto a la vuelta y la agenda educativa, de la que nos enterábamos por los medios de comunicación, al igual que las familias, que nos reclamaban la falta de comunicación de una información con la que no contábamos.
Incertidumbre sobre si evaluar o no, si calificar o no, cómo hacerlo, con qué criterios. Incertidumbre sobre cómo organizar el trabajo, las tareas administrativas. Por sobre todas las cosas, incertidumbre acerca de cómo estaban atravesando el aislamiento los miembros de nuestra comunidad, de qué manera los estaba afectando.
En esa primera etapa, decidimos con participación del Consejo Consultivo, que teníamos que sostener la modalidad asincrónica del proceso enseñanza/aprendizaje ya que era la única que nos permitiría llegar a todos nuestros estudiantes, ya que desconocíamos el nivel de conectividad y equipamiento. Transcurrido el primer mes discutimos la posibilidad de, aunque sea en algunos casos, iniciar clases sincrónicas a través de Zoom, ya que a esa altura era la plataforma más utilizada. Rápidamente lo descartamos por distintos motivos: Zoom no nos daba seguridad con respecto a los datos de los participantes (no contábamos con una cuenta paga), obligaba a los docentes a abrir la privacidad de sus casas alterando totalmente su contrato de trabajo (más aún) y, por sobre todas las cosas, el acceso a la conectividad y la tecnología de estudiantes y docentes era muy variada, por lo que nos parecía que era incorporar una diferencia más a las ya existentes. Nuestras vidas, nuestros horarios y carga laboral estaban totalmente alterados y nos parecía imposible garantizar la modalidad asincrónica y la sincrónica. Sin embargo, apareció la posibilidad de utilizar la cuenta de Google Meet provista por el Ministerio de Educación de CABA a través de nuestras cuentas de correo institucionales, por lo que el primer argumento en contra desapareció. Volvimos entonces a discutir la posibilidad de realizar algunas clases sincrónicas, grabarlas y subirlas al aula a través del link de Google Meet y algunos profesores, especialmente los de Lenguas Extranjeras, comenzaron a animarse y a realizar clases presenciales a las que, de a poco, se fueron sumando otros. Sin embargo, por los motivos antes mencionados, no teníamos ninguna herramienta para que esas clases fueran obligatorias para los chicos y chicas y su asistencia, entonces, era bastante pobre.
El equipo de tutores, con su coordinadora a la cabeza, se encargó de hacer el seguimiento de quiénes se estaban conectando y quiénes no a partir de la información que les brindaron los profesores de cada curso. Se comunicaron con los chicos y/o sus familias utilizando el sistema de mensajería del aula y los teléfonos de contacto que teníamos del ciclo 2019 y a partir de la inscripción de los ingresantes de primer año. El panorama, por supuesto, era variado. Algunos no se conectaban o lo hacían de manera esporádica porque no tenían la conectividad o los medios tecnológicos (ninguna computadora en casa y un solo teléfono para toda la familia que tenía que servir para el trabajo de los padres y la escuela de más de un chico/a). Otros pertenecían a grupos familiares que la estaban pasando mal por pérdida del trabajo de los padres y otros más sufrían de cuadros emocionales previos que el aislamiento pronunció (depresión, fobias, etc). También había otros que, simplemente, no se conectaban. A las intervenciones de los tutores se agregaron entonces las de la psicóloga institucional y la psicopedagoga de la escuela, que empezaron a contactarse con los chicos que lo necesitaban, ayudando en aquellos casos en que el aprendizaje resultaba ya muy difícil de manera presencial y sosteniendo en aquellos en los que el pedido de auxilio venía por otro lado. Desde el primer mes del cierre de las escuelas en su modalidad presencial, el gobierno de CABA enviaba a las escuelas refrigerios para los chicos que lo venían recibiendo de manera quincenal. Nosotros no teníamos estudiantes en esa condición pero gracias a la solidaridad de una escuela vecina, el Colegio N°8, empezamos a repartir algunas de las que les mandaban a ellos y aprovechamos esa oportunidad para distribuir entre los chicos que no tenían conectividad trabajos impresos y libros de tal manera que pudieran seguir con sus aprendizajes junto con sus compañeros. Avanzado el año, esta acción dejó de ser exitosa y fue reemplazada por el envío y recepción de las tareas a través del WhatsApp personal de los tutores que se lo reenviaban a los profesores de cada asignatura.
Cuando volvimos del receso de invierno, nos planteamos la necesidad de intentar un esfuerzo más y que todos los docentes, como mínimo una vez cada quince días, lleven adelante una clase sincrónica, que complementaría pero no reemplazaría de ninguna manera el trabajo asincrónico. Esa clase debía ser grabada y subida al aula de tal forma que, aquellos chicos que no dispusieran de los medios para conectarse de forma sincrónica, pudieran acceder a la clase de todas formas. La vuelta al edificio escolar seguía siendo muy incierta y, para muchos chicos, la ausencia de una situación de aula parecida a lo que tenían construido como estudiantes hacía que la escuela y el estudiar, se tornara algo lejano. Por otra parte, las definiciones del Consejo Federal de Educación en cuanto a que “todos pasan de año” sin precisiones con respecto a las condiciones que esa promoción tenía para el ciclo lectivo 2021, tampoco colaboró en cuanto a la participación de los chicos. Organizamos a través del equipo de preceptores una agenda, en la que todos los profesores tenían que poner el horario de sus clases de tal manera que cada división no tenga más de dos clases presenciales diarias ya que nos parecía que de otra manera iba a ser demasiado. En el caso de las clases del turno mañana, debía respetarse el turno para colaborar con las familias en la organización del horario de los chicos y chicas, pero no empezaban antes de las 9.30 ya que estábamos seguros de que sería un fracaso absoluto. Solicitamos a través del canal de Telegram y de los tutores que todos los adultos responsables de los estudiantes se comunicaran al mail de preceptoría para informar su contacto. Tuvimos algunos problemas, como que los estudiantes de cuarto y quinto año se negaban a darles la comunicación a sus padres, pero transcurridos los primeros quince días de la vuelta todo estaba medianamente organizado: cada lunes los adultos responsables recibían por correo electrónico la agenda semanal de los chicos, que también la recibían a través del aula del preceptor y empezamos a dar sistemáticamente clases sincrónicas. Al estar involucrados los adultos, la asistencia mejoró, aunque siguió sin ser obligatoria por los motivos ya dichos. Como anécdota de estas primeras clases es interesante que al preguntarles a los chicos si la clase les había parecido bien, la respuesta fue: “la clase estuvo bárbara pero faltó un pizarrón”. Otro profesor, que conocía la anécdota anterior se las ingenió para compartir un pizarrón virtual y al preguntar al final de la clase qué era lo que más les había gustado, la respuesta fue “el pizarrón”. Si bien, esta modalidad contribuyó indudablemente con el desarrollo de los temas, su mayor valor probablemente haya estado en el hecho de haber permitido construir, para aquellos que pudieron participar, una instancia que, de alguna forma, se parecía a lo que tanto los docentes como los estudiantes entienden como “situación de aula”. En un primer momento, el hecho de que los chicos no prendieran las cámaras fue muy frustrante para los docentes que debieron acostumbrarse en muchos casos a hablar con una pantalla negra. Hubo que trabajar en las tutorías un reglamento de convivencia digital, para evitar situaciones que pudieran resultar incómodas o enojosas para cualquiera de los participantes. Y también hubo que plantear en las reuniones de padres, a partir de la intervención de los adultos en algunas clases, que el espacio del aula es propio y privado de los chicos y chicas y que, en la medida en que las condiciones del hogar lo permitieran, eso debía ser respetado.
Cuando había pasado poco más de un mes del aislamiento, una noticia tristísima atravesó la escuela: un profesor muy querido, pilar de uno de los proyectos identitarios de la escuela (el Proyecto Social), falleció de cáncer. Y necesitábamos hacer el duelo. Discutimos la necesidad de juntarnos, nosotros y los chicos, para despedir a Gerardo. Y a partir de esas reuniones, en las que lloramos pero también reímos con los recuerdos, empezamos a pensar en la necesidad de generar y proteger espacios en los que, a pesar de todo, se construya Comunidad, que nos permitieran volver a la idea de la escuela como espacio colectivo, lugar en el que se enseña y se aprende, pero también se quiere, se ama, se discute, se ríe y se comparte la vida. Y entonces, además de la energía que poníamos en las clases asincrónicas, empezaron a reunirse en su horario habitual el Proyecto Social y el Ensamble de Instrumentos. El taller integrado del área de comunicación de segundo año del que participan todos los estudiantes de ese año, retomó el liceo pera con la zarzuela La Revoltosa2, y antes de que terminara el cuatrimestre habíamos empezado, gracias a la colaboración de la Cooperadora, con clases de coro para los adultos del colegio y para los estudiantes de los otros años que quisieran participar. Quinto año de la orientación sociales retomó el trabajo con el Modelo de Naciones Unidas, que culminó en la realización de un modelo virtual interno antes del comienzo del receso de invierno, con el apoyo de la Universidad de Hurlingham, y la orientación de Artes Visuales decidió hacer la Jornada Anual de Arte buscando otros formatos. Los profesores del equipo de ESI empezaron a reunirse para analizar distintas modalidades de intervención en estas circunstancias. Y nacieron proyectos nuevos, como los “Diarios de Cuarentena”. Esta idea de recuperar y generar espacios sociales que nos permitiesen comunicarnos, intercambiar por afuera de la estructura del aula, generar identidad, en síntesis, de alguna manera “recuperar el patio” hizo que a la vuelta las vacaciones de invierno, tuviéramos el envión que nos faltaba para poner en práctica un viejo proyecto, la Radio del Liceo9, con su programa: “Recuperemos el Recreo”3, que desde el 8 de septiembre y hasta el final del ciclo lectivo, emitió todas las semanas un envío de dos horas del que participaron con distintos roles docentes, estudiantes, directivos, padres, docentes jubilados e invitados que fueron entrevistados.
Todos los espacios mencionados en el párrafo anterior, están íntimamente relacionados con la vida social y académica de la escuela. Pero en la cuarentena surgió otro espacio colectivo, el “Liceo Solidario”, del que participaron el Centro de Estudiantes, los docentes, la Asociación Cooperadora y el Equipo de Conducción de la escuela. Este espacio nos reunió como un colectivo político que como definición de principios eligió la palabra “solidario”, ya que desde ese lugar aspiraba abrazar a la comunidad de la escuela. El primer hecho con el que comenzamos fue el incendio de la casa de una alumna. A partir de esa situación, y coordinada por la Cooperadora, los tutores y el Centro de Estudiantes, se organizó una campaña que consiguió reunir materiales de construcción, ropa, camas, colchones, utensilios y útiles. Luego se organizó una campaña de donaciones a través de la Cooperadora de la escuela que permitió comprar alimentos y entregar, cada 15 días un bolsón de alimentos no perecederos con 13 productos que acompañaba los refrigerios que enviaba el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Finalmente, intentamos armar una bolsa de trabajo para las familias que asistían sin falta a llevarse alimentos. Para poder llevar adelante estas tareas, el “Liceo Solidario” tuvo muchas reuniones virtuales, de las que participaron representantes de todos los que allí estaban: docentes, padres, estudiantes y directivos. Su organización y toma de decisiones, más allá de algunas cosas en las que la palabra de la conducción de la escuela tenía un peso diferente por cuestiones legales/institucionales, fue horizontal y permitió generar un “lugar” en el que todos aquellos que lo necesitaron pudieron sentir que iban a ser cuidados.
Así llegamos a octubre, cuando se plantea la vuelta al edificio por parte de los de quinto año. Hicimos reuniones de padres virtuales, comentamos cómo sería la modalidad, las familias analizaron los pros y los contras y armamos las famosas burbujas. La realidad es que a esa altura del año, esa experiencia no tuvo ningún impacto significativo en lo que se refiere a la construcción de los aprendizajes “académicos”, aquellos relacionados con los objetivos de aprendizaje de las asignaturas. Sin embargo, estoy convencida de que esos encuentros permitieron a los chicos de quinto año, que en algún pizarrón llegaron a escribir “Promoción 2020, la inexistente”, hacer un cierre con sus compañeros, con algunos de sus profesores, con los no docentes, con las autoridades de la escuela, despedirse, en síntesis, de la escuela secundaria que, en algunos casos, es la despedida de su etapa como estudiantes. Poder hacer el acto de colación de grado, con las familias, en la calle de la escuela, con su entrada como telón de fondo, aún con los protocolos y particularidades que hubo que cumplir, fue para todos una inmensa alegría, y permitió a los chicos y las chicas del liceo y a sus familias, paliar en parte desde lo simbólico, lo vivido en este año.
Cuando algunos medios de comunicación hablaban de los problemas de la “no vuelta a clases” lo hacían pensando en el rol tradicional de la escuela. Por supuesto obviaban que clases había, sostenidas, en términos generales, gracias a los teléfonos, el equipamiento, la conectividad y las horas en exceso que pusieron los docentes. Lo que faltaba era el encuentro en el espacio de la escuela. La existencia de ese espacio, del encuentro que habilita, promueve otros roles que cumplen hoy las instituciones educativas y que se vieron dramáticamente dificultados. De eso es de lo que nadie, o muy pocos, hablaron. La escuela es el lugar donde los chicos y los jóvenes aprenden. También es el lugar en el que socializan con sus pares y forman vínculos que los acompañan, a veces, toda la vida. Pero además, es el lugar en el que, a partir del vínculo de confianza que se genera con un tutor, un profesor, un preceptor, un directivo, un par, el padre de un compañero/a se detectan situaciones de violencia intrafamiliar, abuso, vulnerabilidad familiar que resultan en la intervención de los equipos escolares y de otros organismos del Estado (como el Consejo de Derechos de Niños, niñas y adolescentes). Muchos chicos y chicas pasaron este período de aislamiento viviendo situaciones en las que pedir y recibir ayuda era muy difícil. Esos vínculos, esas redes invisibles, no pueden formarse a través de un correo electrónico o una pantalla. Y esa fue, creo yo, la mayor dificultad.

Notas

1 Ver “Sociedad aumentada y aprendizaje” en https://ticeducacionsite.wordpress.com/2015/11/06/sociedad-aumentada-y-aprendizaje-tic-tac-y-tep/
2 Ver https://www.youtube.com/watch?v=XRw7n5OfwXo&feature=youtu.be&ab_channel=Lic
3 Ver https://www.youtube.com/channel/UCtz9jStUJH0nTYm1yHRjtbw
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