ISSN 1995 - 7785 | Año 28 | Noviembre 2019 | Vol. 2

Editorial

Las fuerzas que motorizan las políticas educativas


Desde los años sesenta del pasado siglo en adelante la dinámica del sistema educativo, fundamentalmente en sus niveles medios y superior, resulta de la presión que sobre él ejercen dos fuerzas en desarrollo que han transformado nuestra sociedad.
Una de ellas es la demanda por inclusión escolar que produce la dificultad de incorporación de los jóvenes al trabajo. Desde los años sesenta en adelante las matrículas de educación se expandieron en la Argentina y en toda la región. Al mismo tiempo que se abandonaba el modelo industrial en favor de otro que ampliaba las autonomías individuales y debilitaba la red institucional destinada a afiliar a los individuos a la trama societal, se presionaba por incluir a todos en el espacio escolar.
En sociedades como las nuestras, con altos niveles de pobreza, esta presión se expresa en la escuela en una progresiva atención asistencial, que en nuestro caso fue acompañada por una “pedagogía compasional” que no es otra cosa que una práctica basada en el reconocimiento de la condición de pobreza del alumno, en la valoración de sus saberes y en el escaso requerimiento de adquisición de otros saberes. La pedagogía compasional actúa preservando el medio cultural de los alumnos y dificulta su articulación con un mundo más amplio que le es cada vez más extraño.
La otra fuerza que presiona para hacerse presente en el sistema escolar es la modernización, la actualización, la introducción de lo nuevo. Es la fuerza de la contemporaneidad que desafía la escolarización desde los fenómenos científicos, cognitivos, tecnológicos y sociales que han transformado nuestra cultura y pujan por entrar al aula.
Esta segunda fuerza pareciera ser más débil. La escuela pública argentina es más sensible a los fenómenos que despiertan compasión que a los culturales y cognitivos. Sus docentes están mas ávidos de comprender y compadecer que de abrirse a la novedad de un conocimiento en permanente cambio.
La fuerza modernizadora se expresa en numerosos intentos de reforma que desde los años setenta pretenden transformar la educación y fracasan. Sin embargo, en los últimos 10 años el cambio civilizatorio es tan potente que comenzó a ser oído por los responsables de la educación. Al principio a través de medidas legales como la habilitación de modificaciones en la organización institucional y en las prácticas áulicas, o en medidas puntuales como el envío de computadoras a las escuelas; recientemente en el diseño y promoción de cambios profundos en las prácticas de enseñanza y aprendizaje que ya se están implementando en muchos países del mundo.
Este último movimiento se realizó desde el Estado tanto nacional como provincial, lo que actualiza la teoría de que en nuestros países es el Estado el modernizador. El sector privado adoptó muchos de estos cambios y los está implementando en numerosas escuelas que atienden a chicos y jóvenes que pertenecen al amplio espectro de los no pobres. En la actualidad hay muchas provincias que avanzan con esta orientación en las escuelas públicas que atienden a los más desfavorecidos.
Nada impide que el sistema de respuesta a estos dos imperativos a la vez; no es cierto que la pobreza de un porcentaje importante de nuestros chicos exija privarlos de una educación acorde con las condiciones actuales de la cultura. Si volvemos a inscribir a la escuela pública en el campo de la asistencia habremos hecho una contribución muy significativa a la profundización de la discriminación de los más pobres.

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