ISSN 1995 - 7785 | Año 30 | Junio 2021 | Vol. 1

Editorial

¿Cuándo se jodió la educación?


Ya es famosa, y muy usada en los últimos tiempos en la Argentina, la frase que Vargas Llosa le hace decir a Santiago (alter ego del escritor) en su novela “Conversaciones en la Catedral” en la que éste se pregunta: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Los argentinos frecuentamos esta pregunta con respecto a nuestro país y escarbamos en el pasado con la ilusión de identificar quién o quiénes fueron los que nos impidieron concretar nuestro presunto destino de grandeza. Cada uno tiene su respuesta a veces secreta y otras no tanto. Fueron ¿los liberales? ¿Los militares? ¿Los populistas?

En el caso de la educación, la pregunta resulta muy pertinente porque, si bien es cierto que existe una sobrevaloración de las bondades de nuestro sistema educativo de la primera mitad del siglo XX, es igualmente cierto que ante la realidad que hoy atravesamos no podemos evitar preguntarnos ¿qué se hizo tan mal para que el resultado sea este?

Sabemos que las sociedades, sus subsistemas e instituciones, como las personas, tienen patrones de comportamiento que ante determinadas problemáticas, dilemas o simplemente situaciones que deben ser resueltas toman decisiones o caminos de salida que se repiten configurando las trayectorias de fracaso o éxito.

Me propongo presentar en este corto texto cuestiones básicas que, a mi entender, deben ser consideradas como las temáticas que fueron abordadas de un modo que nos llevaron a la decadencia.


El momento de creación

La escuela es una pieza central de la propuesta modernizadora. Formó parte del conjunto de instituciones con las que se pretendió pasar de la sociedad tradicional a la moderna. Se implantó después de una guerra y no consiguió generar un sistema que dialogara con la compleja realidad de la cultura imperante. En la Argentina, persiste una pretensión de retorno a lo premoderno en educación que solo se explica por la resistencia que generó su imposición. No olvidemos que el sistema educativo fue la punta de lanza del proyecto liberal moderno. Aquí también hay un principio de explicación de la resistencia del sistema a toda innovación.

La educación fue un acto de poder y se resolvió siempre en el diálogo con los factores de poder político: la Iglesia, primero, y luego, los sindicatos. El empresariado sólo tuvo presencia en el momento de creación del circuito técnico y de allí en más no se hace presente en la conversación pública sobre el tema. Tampoco lo hacen las múltiples asociaciones de la sociedad civil existentes en el país. El estado de la educación es una “cuestión” que afecta a todos pero a nadie le importa tanto como para arriesgar una opinión que vaya más allá de su valoración retórica.

Otro punto importante es el modo en que se expandió el sistema. Lo hizo multiplicando sin mayor recaudo lo ya existente. Sin regulación y sin prevención de las condiciones y recursos que se requerían para la expansión. Solo anulando las trabas de ingreso. No hubo adecuada previsión de recursos presupuestarios. Tampoco de cambios en los modos de trabajo de los actores y no se generaron alternativas pedagógicas. Los salarios cayeron paulatinamente desde el inicio de la democracia y dejaron de ser competitivos en el campo del empleo para los educados. La escuela pública dejó de ser una institución para toda la población a ser un circuito dedicado a los pobres. A partir del 2001, el circuito público adquirió una función asistencial que se tradujo en una pedagogía “compasional”, destinada a reconfortar al alumno “víctima” de la injusticia social. No existió ni existe un replanteo pedagógico que les dé a esos grupos la oportunidad de aprender. Las pruebas estandarizadas dan cuenta de los magros resultados cognitivos del circuito público y de los chicos pertenecientes a este grupo social.

Desde 1949, la Argentina tiene un subcircuito privado que se financia en parte con el subsidio del Estado y con las cuotas de los padres. Esta red escolar es muy heterogénea y atiende a las diferentes capas de las clases medias que podríamos identificar con los no pobres. Tienen un nivel de calidad, también muy desigual pero con mayor garantía de presencialidad docente y escucha a las demandas de los padres. Los resultados de las pruebas muestran que son más eficaces en la tarea de enseñar. Cuando se controla el origen sociocultural de los alumnos, los resultados son mejores en las escuelas privadas que en las públicas.

Asociado a lo anterior, está el modelo de selección utilizado en la Argentina que llamaría de “falso igualitarismo”. Digo falso porque garantiza una selección clasista y se presenta como garante de la igualdad. Esto se logra mediante la confluencia de una apertura sin restricciones al ingreso a todos los niveles educativos que se combina con un rasgo superindividualista de nuestra cultura. Todos ingresan y luego cada uno se arregla como puede con sus propios recursos. Como ya está graficado en un video, les damos a todos la misma oportunidad de subir al árbol, sin considerar que algunos son monos y otros, elefantes.

Finalmente, en los últimos 50 años, el sistema ha crecido con una lógica autorreferida que atiende a los intereses de la corporación, sin ninguna capacidad de dialogar con un contexto que ha cambiado radicalmente en este período. La escuela es una máquina de reproducir una cultura perimida que produce egresados sin ninguna preparación para insertarse en el mundo contemporáneo.
Este es el terreno sobre el cual tenemos que comenzar a trabajar, no para cambiar todo, sino para identificar el hilo del que tenemos que empezar a tirar para desarmar el nudo. Yo tomaría la punta del cambio y el diálogo entre escuela y mundo contemporáneo. Tal vez de ese modo podremos iniciar un nuevo entramado para nuestra educación.

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