ISSN 1995 - 7785 | Año 28 | Junio 2019 | Vol. 1

Editorial

El futuro de la educación está presente


El mundo se está reconfigurando desde que se inició la era digital, primero lo hizo paulatinamente y ahora la transformación es vertiginosa. Cada vez que la humanidad ha asistido a un cambio como el que atravesamos, el conjunto de instituciones, prácticas, hábitos, valores y normas que estructuran la vida social comienzan a vaciarse de sentido y, en muchos casos, a perder las funciones para las que fueron creadas.

Al mismo tiempo emergen prácticas, actividades, instituciones, nuevos modos de vivir, de producir, de sentir y de actuar que se abren paso en la red de lo existente y realizan una silenciosa acción de transformación. Llegado un punto, lo nuevo comienza a hacerse presente para todos. Algunos resisten y se defienden, otros se encandilan y otros se suman a la difícil tarea de parir lo que vendrá.
De modo que, en todas las sociedades, pasado, presente y el germen del futuro coexisten en un mismo momento histórico. En cada espacio social los énfasis son diferentes en función de su historia, de los modos en que previamente han procesado momentos semejantes y, por supuesto, de los recursos políticos, económicos y simbólicos que se ponen en juego para mantener el statu quo o para impulsar lo emergente.

La educación en la Argentina atraviesa este momento, portando su histórica dificultad para modificar las relaciones de poder del sistema, las estructuras de gestión, las referencias cognitivas y las prácticas institucionales y áulicas que están en la base de la producción y reproducción de la baja calidad del sistema y de la reproducción de la desigualdad.

En contraste con esta permanencia de estructuras y relaciones de poder, en muchas de las jurisdicciones del país se han generado políticas que comprenden a todo el sistema, o experiencias puntuales que se presentan como excepciones de la regla, o políticas graduales que se implementan en algunas instituciones con la voluntad de expandirse al resto, implementando cambios muy profundos que ponen a nuestras escuelas en diálogo con la actual configuración del mundo contemporáneo.

Cada una de estas propuestas tiene una especificidad construida a la luz de las condiciones materiales, políticas y simbólicas de cada una de las jurisdicciones, pero presentan continuidades que vale la pena señalar: instituyen un tiempo del trabajo docente para el trabajo en equipo; otorgan un rol más activo a los alumnos –que dejan de ser pensados como meros consumidores de contenidos– y se los hace participar en la producción de los conocimientos que adquieren; generan redes de escuelas que articulan directivos, docentes, cuerpos técnicos de las jurisdicciones, reconfigurando los ya caducos aparatos de gestión vertical; apelan a la creatividad de docentes y alumnos; hacen presente las nuevas tecnologías para potenciar la producción y comunicación, y obligan a una activa presencia de los aparatos de gobierno en la provisión de un permanente flujo de incentivos que alimenten el cambio.

El futuro de la educación está en nuestro presente. Claro que es necesario incentivarlo, acompañarlo con los cambios estructurales que le permitan reproducirse en el tiempo, avanzar en una tarea de conquistar el terreno todavía anclado en lo que siempre hemos hecho y, por sobre todo, establecer alianzas de poder que permitan llevar adelante una política que tenga como propósito hacer de la educación la vía de la construcción de la Argentina del futuro.
En el presente de la Argentina hay presencias que muestran que el futuro forma parte de nuestra realidad y que está en nosotros construir a partir de estas emergencias una sociedad en la que finalmente converjan el beneficio del bienestar económico para todos y el disfrute de las ventajas de los nuevos modos de vida.

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